Un día a un hombre le fue entregada una magdalena.
No sabía por qué ni para qué; ni siquiera sabía si le darían otra cuando se comiera esa. Simplemente se la dieron.
De pronto, varios interrogantes surgieron en su cabeza. ¿Por qué esa magdalena y no otra? ¿Qué sentido tenía que se la hubieran dado? ¿Para qué la quería?
Así, comenzó a sentir curiosidad por su composición química, el porqué de su forma, por qué estaba envuelta en ese tipo de papel y no en otro, qué era lo que la hacía tan blanda y esponjosa… Su mente empezó a divagar buscando respuestas a estas cuestiones que sin lógica alguna atormentaban su alma. La angustia de no saber anidaba en lo más profundo de su ser. Anhelaba conocer más y a cada respuesta encontraba otro interrogante.
Tan ofuscado estaba examinando la magdalena que no se percató de que el tiempo no pasaba en vano por ella. Su exposición al ambiente la deterioraba por momentos: se endurecía poco a poco, los insectos la picaban, una ligera capa de moho empezaba a recubrirla… pero estaba ocupado analizando los datos de su investigación y dejó de lado el pequeño pastel. Sólo quería saber por qué se lo habían dado y con qué fin; el pastel en sí pasó a un segundo plano. No percibió que se estaba echando a perder y que sus oportunidades de aprovecharlo, o mejor dicho disfrutarlo, se agotaban.
Para cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde. La magdalena se había podrido y él no había sacado nada en claro. Ya no importaba de dónde venía o quién se la dio, sólo sabía que la había perdido.