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miércoles, 6 de junio de 2012

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Mario Vargas Llosa. Premio Nobel de literatura 2010

Estamos de enhorabuena por la concesión del máximo galardón de las letras a un autor hispanohablante (y de nacionalidad española, además de peruana). Hacía mucho tiempo que los seguidores de Vargas Llosa esperaban esta noticia: el reconocimiento a los méritos artísticos y al compromiso social de un escritor universal.
Visita la página web del autor aquí



Lee o descarga "La ciudad y los perros"


sábado, 4 de abril de 2009

LA FANTASÍA, REAL, DE LUZ

Escrito por Tábata Muñoz Ruiz
ESO2ºC

Hola, mi nombre es Claudia y soy licenciada en psicología. El pasado verano ahorré suficiente dinero para irme a Kenia, no de vacaciones sino de voluntaria, ya que el año pasado apareció una nueva gripe que afectó especialmente a este país africano. Los síntomas eran pérdida de vista y fiebre.
Cuando llegué, me sorprendió la pobreza en la que vivían y sobre todo lo injusta que les era la vida. En uno de los hospitales que trabajé como voluntaria conocí a una niña de unos cinco años, no lo sé con exactitud puesto que ella tampoco lo sabía. Se llamaba Luz y era huérfana de padre y madre. La gripe ya le había afectado, pero todavía conservaba algo de vista.
En el viejo hospital había muchas personas de distintas edades: niños, ancianos, bebés… pero yo me volqué sobre todo por esa pequeña huérfana. Porque transmitía lo que su propio nombre decía: luz. Siempre sonreía, a pesar de su malestar y su imaginación era sorprendente. Me pasaba las hora al lado de su vieja camilla oxidada, imaginando y contándole lo fácil que era la vida en mi país. Ella era feliz fantaseando, pensando que podría ir al colegio, tener una casa, una familia y ver la lluvia porque en su país no llovía y apenas tenían agua. Pero de repente volvía a la realidad y me contaba como su madre había muerto por esta gripe y su padre trabajando para poder alimentarlas, murió en una obra por culpa de una grúa, puesto que en la obra no había seguridad alguna ya que trabajaban negros, y los blancos no se preocupaban por ellos. Siempre que me contaba la historia, se me saltaban las lágrimas, pero ella ya no me veía, la gripe la había dejado completamente ciega.
Cuando había pasado un mes de mi llegada, ella fue de mal en peor. Las últimas horas de su vida las pasé a su lado. No paraba de sudar y yo me ahogaba en pena. Entonces empezó a contar una de sus fantasías: estábamos las dos en un bosque, solas, jugando, bailando bajo la fantástica lluvia con un montón de mariposas a nuestro alrededor y de repente yo encontré un colgante. A ella le encantó y yo se lo regalé para que nunca me olvidase. Instantes después paró de hablar, giró el cuello y falleció. Yo no podía parar de llorar. Cuando miré su cuerpo y vi que en su cuello estaba el colgante que tanto le gustó.

Este relato es el ejercicio que Tábata realizó el pasado día 28 de marzo en el Concurso de Redacción de Coca-Cola (fase provincial). Suerte a todos los participantes.

domingo, 29 de marzo de 2009

El Profesor (Fragmento)

Escrito por César Rodríguez García
Primero de Bachillerato.


Balbuceos durante veinte minutos. Algún que otro comentario gracioso amenizaba la lección, pero no conseguía quitarle su sopor. Todos miraban el reloj con preocupante aunque comprensible frecuencia, rogándole al cielo que ello acabase. La vocecilla (o vozarrón, según mírese) de fondo seguía “explicando”, ya fuera porque no le importase que no le hicieran caso o porque no quería darse cuenta. Tonto desde luego, no era.
Entonces él, inocente y crédulo alumno, alzó la mano para intentar resolver su duda, aunque sencilla y pseudo insignificante, imprescindible para con su objetivo: callar bocas sacando una notaza en el próximo examen. Tampoco era descabellado, con atender un poco y que le atendiesen menos, el sobresaliente podía estar cantado. O eso pensaba, ya que sólo Satán sabía qué clase de desdichado futuro le esperaba sobre su pupitre (véanse fotocopias de un manuscrito hecho rápido y mal). Por aquél entonces, el orgullo del muchacho estaba lo suficientemente intacto como para que, a diferencia de muchos compañeros suyos, no desistiese en su empeño.
Para su sorpresa, y muy a su pesar (Dios bendiga la ironía), el colegiado no le hizo ni puto caso. Siguió hablando, sin dejar claro de qué, ni siquiera si tenía que ver con su asignatura. A su vez era capaz de quejarse de los pocos apuntes que veía tomar. Pues en mi opinión, para vago uno, vagos todos.
A diez minutos del final de la hora, y con diez brazos en alto anhelando un turno de palabra, para deleite de todos, al profesor le reventó la cabeza, bañando de un rojo bastante atractivo todo cuanto se hallaba en la clase. No imagináis el grado de belleza que alcanza una pizarra cubierta de plasma sanguíneo, cuando no es el tuyo claro. El silencio fue unánime, y los que aún hacían como que atendían se limitaban a asentir, ya para complacer a nadie.
¡Plegarias atendidas! Sonó la campana. El miembro del cuerpo docente (porque lo dice él, por supuesto) cogió sus pertenencias y abandonó la estancia a la par que esbozaba una sonrisa que venía a decir lo contrario de “suerte en la prueba a muerte de mañana”. Sólo le faltó la risa diabólica. Y lástima que, en mi carencia de omnisciencia, no sepa lo que hace en su casa, pues me gustaría saberlo. No obstante, cavilo mucho, y tengo mis hipótesis… A pesar de todo, el día concluyó sin (más) incidentes.
Nueva mañana, y pudiendo establecer una semejanza con un ritual de cualquier tribu amazónica, se reunió en el anónimo centro de estudios aquel colectivo infantiloide, edades para todos los gustos. Tras otras clases con demasiada importancia para ser relatadas, arribó al fin el momento clave. El Némesis de los chapuzas se aproximó a su puesto de mando, abriéndose paso a resoplidos, y ordenó (cortésmente) a uno de sus “súbditos” que repartiese aquello que traía bajo el brazo (no es ilusionéis, no es una barra de pan, que de niño ya poco). Callando objeciones, todos los presentes asumieron que debían despejar sus mesas para dar paso a lo gordo.
Cual obra dadaísta, lo que menos cabía imaginar era lo que se encontraba plasmado en aquel atentado estilístico sobre papel. Y esto no quiere decir que se tuviese poca imaginación, sino que el autor de esa bomba de relojería poseía demasiada, combinada con una buena dosis de ganas de cachondeo. A simple vista, se podía apreciar que le había dado un “buen” uso al bolígrafo, no fuera que se electrocutase con la computadora (su alumnado no lo quiera). Así, el nuevo soberano de la integridad mental de todos los presentes, se auto-convenció de que todo estaba aclarado, y dio paso al comienzo del fin.

sábado, 31 de enero de 2009

San Valentín: "Fiesta de la espuma"

Por Ramón Soto.

Como en aquellas estampas que en los libros antiguos pretenden ilustrar una aparición mariana, hasta el sol a su espalda acrecentaba ese nimbo divino, así irrumpió la muchacha por una esquina de la plaza. Acompasando la cadencia de los pasos, con un mecimiento suave de todo su cuerpo, todavía estaba demasiado lejos para poder contemplar tanto esplendor. Sí se adivinaban reflejos iridiscentes de la luz, a modo de aureola, sobre un pelo que solo permitía intuir la cara, cada cabello se dejaba gobernar por una extraña disposición armónica sobre un rostro que no podía no ser angelical. Procesión fuera de la semana santa, el vaivén de la figura inundaba con parsimonia el templo recién consagrado al tiempo que el número de fieles crecía. Ni siquiera la ropa era capaz de ocultar la efervescencia de una juventud ignorante de la escasez, sobreprotegida frente a la soledad por una efímera pero entonces arrebatadora condición adolescente. El milagro radicaba en que una escultura tan solemne pudiera moverse con esa gracilidad, a cada paso más cercana. En un baile sordo, donde cada paso originaba una secuencia celestial de música, se aproximaba el momento de la culminación, se presentía el éxtasis...
Mientras la chica iba al encuentro de su novio, que aguardaba mirando el reloj en la esquina opuesta de la plaza, un repentino destello de sol hizo brillar sendos regueros de saliva que serpenteaban desde los labios de dos ancianos sentados en un banco.

lunes, 1 de diciembre de 2008

En esa casa faltaban muchas cosas (fragmento)

Escrito por Nalen Quijano (BH2ºC)

En esa casa faltaban muchas cosas: faltaban libros, la tapa del váter, la televisión, comida... No tenía hambre pero, abrí la nevera y pude comprobar por mi misma que no había ni un triste limón podrido. Sólo quedaba la botella de Ballantines, tal y como predije anteriormente. Busqué en el mueble de la despensa y en la alacena y, lo único que encontré fue una caja de cereales caducados. Todo era un auténtico desastre, pero a mi me importaba más bien poco.

El baño era lo último que me quedaba por explorar. Las fotos que habían pegadas en el espejo era un asunto que me despertaba una tremenda curiosidad. Era un aseo pequeño, con un plato de ducha y su correspondiente mampara, un váter sin tapa que, a saber lo que habría hecho aquel tío con ella; y un lavabo con un mueblecito blanco debajo de éste. Me agaché y abrí las hojas. A simple vista sólo veía en su interior rollos de papel higiénico y diversos botes de champú y gel de ducha. Revolví un poco más y encontré una caja de color celeste. Me costó sacarla de ahí, pues estaba al final del mueble pero, gracias a mi agudeza visual, supe que había más cosas que simples útiles de aseo. La caja estaba recubierta por una fina capa de polvo. Al parecer, llevaba años y años ahí escondida. Soplé y el polvo huyó de la superficie plana. Quité con los dedos de mi mano derecha el resto de los residuos y, sentada en el suelo, la abrí. Para mi sorpresa, la caja estaba a rebosar de fotos: polaroids, de papel perlado, incluso negativos. Encontré fotos más recientes y otras, antiquísimas. También pude diferencias fotos de carné, hechas en fotomatones, por lo menos había siete tiras de estas. Todas eran distintas: diferentes colores, texturas, olores, edades, personas...

Aquellas fotografías me contaban una historia que no supe entender. Empecé a sacarlas y a esparcirlas por el suelo del baño, así, las vería con más detalle. En el fondo de la caja encontré fotografía rotas, quemadas e, incluso, cortada a salvajes tijeretazos. Las tijeras también estaban guardadas en la caja, plateadas y tan relucientes que podía contemplar mi rostro cansado en una de las afiladas cuchillas. Empecé a examinar las fotos que estaban rotas. A la mayoría de ellas les faltaba una de las mitades, pude encontrar tan solo dos fotos completas, las demás a saber dónde habían ido a parar. Pude distinguir un bebé, un niño de siete u ocho años en bicicleta y a Adrián ya bastante crecidito. Supuse que todas estas figuras se trataban de él pero, no podía asegurarlo todavía.

[...]

domingo, 9 de noviembre de 2008

Perdidos en Picos de Europa

Realizado por Irene de U. M. (BH1A)

Recuerdo que esa mañana nos levantamos a las seis. Apenas había dormido a pesar del cansancio que sentía de la caminata de la jornada anterior. Supongo que no estaba acostumbrada a dormir en un refugio donde oyes los ronquidos no solo de tu tío, que lo tienes en el saco colindante, sino de otros veinte o treinta montañeros que descansaban plácidamente en aquella roñosa habitación llena de literas. Por no hablar del olor a pies…
Desde aquel refugio empezamos a caminar en busca del siguiente, que estaba un poco más arriba del monte. Íbamos bien hasta que nos empezó a bajar la niebla más pronto de lo esperado y llegó un momento en que dejamos de ver los hitos. Empecé a ponerme nerviosa, pero confiaba plenamente en mis tíos, ya que tenían bastante experiencia como montañeros, e intenté convencerme de que todo iría bien. La situación empeoró cuando les vi discutiendo qué camino tomar, a pesar de llevar mapa, brújula y GPS… Ahí no valía nada de eso. Teníamos que encontrar los hitos, los que nos guiarían el camino exacto, que con aquella niebla tan espesa nos era imposible ver.
Seguíamos subiendo con la esperanza de encontrar aquellos dichosos hitos, pero, cuando vimos que la niebla se volvía cada vez más espesa, la posibilidad de bajar se nos hacía aún más grande. Apenas habíamos hecho un par de paradas. La situación era complicada: mi tío Ángel - si mal no recuerdo - sentía molestias en el estómago; mi tía Tere estaba empezando a perder los nervios; yo, ya los había perdido aunque intentase no aparentarlo…
Decidimos desandar lo andado. En ese momento sentí como una especie de alivio, al recordar que los caminos por donde fuimos eran senderos sin mucha complicación. ¡Ja! Dichosa de mí… Para desandar lo andado de ese día, nos tocó volver por caminos resbaladizos y peligrosos en los que yo sentía un vértigo espectral. En un momento del trayecto, anduvimos por un estrecho sendero con matorrales plagados de pinchos a la derecha y un buen precipicio a la izquierda. Quizás lo esté exagerando más de la cuenta, pero así es como yo lo viví. Me sentía insegura. El suelo estaba embarrado, o sea que como pisase mal, para el precipicio que me iba… Tampoco te podías agarrar a los matorrales debido a los pinchos, y por si fuera poco, en ese preciso instante, se puso a llover…Cuando terminamos aquel temible sendero, que no parecía otra cosa más que el pasaje del terror, nos esperaba - cómo no - “La llampa mala”. ¿Os parece bonito el nombre? A mí no me hizo ni pizca de gracia cuando mis tíos me dijeron: “venga, ahora te toca a ti cruzar.” Yo creo que en ese instante se me debió de poner la piel pálida… Era una roca resbaladiza por culpa de la humedad y toda resquebrajada con unos cortes profundos y anchos. Estaba temblando, no por el frío, sino por el miedo que sentía. Menos mal que estaban mis tíos allí para indicarme dónde ir poniendo los pies y darme la mano. De no ser por ellos… ahí me hubiera quedado. Primero puse un pie en una zona que parecía más o menos estable. El siguiente pie lo coloqué en el borde de otra roca, pero inesperadamente, este resbaló y quedó medio atascado entre sendos bordes de la roca.
Conseguimos sacarlo sin problema. A mí me iba a dar un patatús, pero cuando salimos de aquella pesadilla, llegamos a un gran valle rodeado de vacas por todas partes. Del cansancio que sentía ya me daba igual pisar barro que excremento de vaca… Dejé caer mi pesado cuerpo sobre aquel mullido de hierba fresca rodeada de mierda por todas partes. ¡Con lo escrupulosa que soy! En esos momentos te supera el cansancio…Seguíamos subiendo y bajando valles, de vez en cuando con alguna que otra complicación –para mí, claro está- hasta que llegamos a un camino umbrío, cubierto de árboles por todas partes. Estaba resbaladizo y había algún que otro tronco arrancado de la tierra como si por culpa de alguna ventisca se tratase. Cuando llegamos al final del camino nos encontramos con la sorpresa de que este terminaba con una gran pendiente para poder llegar al siguiente valle. Se estrechaba aún más y el barro que había en el sendero anterior era poco en comparación con este. Primero se aventuró en bajar mi tío Ángel para ver si era posible el paso. Al cabo de unos minutos, oímos unas voces que procedían de un poco más abajo indicando que no tenía complicación alguna, siempre y cuando tuviésemos cuidado. Se adelantó a bajar mi tía Tere. Yo tenía tanto vértigo que la seguí culeando y agarrándome a todas las plantas y raíces salientes de la tierra. Llegados a ese punto me daba igual el barro… Me llamaban la “Golum”, acordándonos del personaje de “El señor de los anillos”, por la forma en que me movía por la montaña. A mí me daba la risa. Nos lo tomábamos con bastante humor.
Cuando llegamos al final de aquel sendero nos encontramos con un gran valle verde con alguna que otra florecilla y vacas pastando. Desde luego que mereció la pena todo lo sufrido por ver aquel paisaje tan precioso. El sol había salido y se veía un cielo azul como nunca lo había visto. Era como ver un oasis en medio del desierto…
Después de tanto caminar ya no se sentía el cansancio, pero lo peor llegaría al día siguiente con las pertinentes agujetas…
Ya faltaba menos para terminar aquella pesadilla que habría de recordar en el futuro como una de mis mejores aventuras, una experiencia nunca vista, que al cabo de tres años no me importaría volver a repetir…
Atravesamos aquel inmenso valle. Para ello había que subir una “señora” cuesta, en la cual me paré a la mitad para beber las últimas gotas de la cantimplora.
Al llegar a la cima nos encontramos una vieja caseta que parecía haber pertenecido a algún pastor, en la que nos paramos para contemplar aquel precioso paisaje.
Continuamos nuestro camino y cada vez faltaba menos para terminar nuestra aventura.
Avanzamos por una zona llena de piedras. Recuerdo que aquello me sonaba e iba pisando de piedra en piedra como si de un paseo por la playa se tratase. Iba a buena velocidad y recuerdo que mi tía Tere dijo algo así como que no me confiase, pero yo sabía que el camino de piedras por el que pasaban los coches estaba a la vuelta y no podía parar de la emoción.
Cuando llegamos a aquel camino nos encontramos con la sorpresa de que allí estaba también un grupo de montañeros con los que habíamos compartido refugio la noche anterior. Uno de ellos me regaló una piedra que consiguió un poco más arriba de la montaña, compuestas por unos minerales que la hacían pesar más de lo normal aunque era muy pequeña. Aún la conservo…
Cuando nos despedimos, mi tío Ángel se adelantó por el camino de piedras en busca del coche. Yo ya no podía más con mi cuerpo, así que aguardamos mi tía Tere y yo en una roca descansando e imaginándonos ya en el camping al que iríamos después al lado de la playa. Me concentré tanto en esa imagen tan placentera que cuando quise darme cuenta ya estaba mi tío allí con aquella bendición de coche. Dejamos las mochilas y los bastones en el maletero. Enseguida nos descalzamos para ponernos unas sandalias y de esa manera poder dejar transpirar los pies. Sentí tan agradable sensación cuando me descalcé… aún recuerdo aquella brisa tan fresca de la montaña que pasaba entre los dedos y me envolvía todo el pie…
Mientras íbamos en el coche iba contemplando aquel maravilloso paraje. De vez en cuando, nos tocaba parar en medio del camino debido a un grupo de salerosas vacas que atravesaban de un campo a otro.
El camino de vuelta al camping no se me hizo muy largo. Debí quedarme dormida en algún que otro momento. Cuando nos dieron la parcela para montar la tienda de campaña, me quedé perpleja al ver aquella playa que jamás en mi vida había visto en el mediterráneo. Estaba bajando la marea, el agua se veía pura y cristalina y sobre esa arena tan fina pude contemplar a un par de chiquillos que parecían divertirse jugando a las palas.
Intenté ayudar a mis tíos a montar la tienda. Hice lo que pude porque entre que no tenía ni idea de montar tiendas de campaña y el cansancio que llevaba encima, enseguida me senté en una de esas sillas plegables típicas de playa y me repantingué a ver como se iba montando la tienda.